Me has entregado, ingrata, al abandono,
y yo, que tanto y tanto te he querido,
ni tu negra traicịn hecho en olvido
ni disculpo tu error...¡ni te perdono!
No intentes, pues, recuperar el trono
que en mi pecho tuviste, y has perdido.
En el fondo del alma me has herido,
y en el fondo del alma està mi encono.
Yo no podŕa, es cierto, aunque quisiera,
castigar como debo tu falśa;
mas la mano de Dios es justiciera...
¡Cast́gala, Señor, con enerǵa!
Que sufra mucho; ¡pero que no muera!
¡Mira que yo la adoro todav́a!
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